Uno de ustedes.



Me gusta que se enteren por mí y no por otros. Hace dos años en un viaje a Canals, en una siesta en la casa de Joaquín Bonetto, hablando de cine y arte, lo que más nos gusta, con su perro Benicio que me mira en blanco y negro con amor, ahí se gestó realmente un viaje que hice a la selva.  A Iquitos, al norte de Perú, una isla de un millón de habitantes en medio del Amazonas, sólo se llega por agua o aire, yo estuve en un barco por cuatro días en el Amazonas y llegué a Iquitos a recibir el año nuevo maya.  Mucho arte y joda en Iquitos, casi que van de la mano. La bebida oficial se llama Siete veces sin sacarla, un trago afrodisiaco de fabricación de hierbas. El bar tradicional es El Refugio de los infieles, pintado con mujeres flúo en sus paredes por un artista de la región, mozas de polleritas cortas siempre dispuestas a traerte una cerveza helada, aun cuando no se la pidas.  Y siempre sonando canciones de Git y Los enanitos verdes. Se llama así porqué el bar oculta una puerta secreta con una lancha para los clientes descubiertos en la trampa de la infidelidad. Mi idea del viaje nace de una metáfora, de una película de 1982, cuando yo tenía doce años y en nuestro país conocíamos que teníamos unas islas que defender. La película se llama Fitzcarraldo, es de un alemán que se llama Werner Herzog, un auténtico militante de los sueños, la historia de la película transcurre en Iquitos donde vive Fitzcarraldo que es un empresario fracasado de muchas causas, pero ama la opera, el teatro, entonces decide comprar un barco y lanzarse al amazonas y construir el primer teatro de la selva. Llevarle opera a la selva básicamente. El arte cura dicen que los que trabajan ahí en salud y en educación, en ese lugar conocí árboles que nunca mueren. Ahora después de dos años de ese viaje, me convocan a protagonizar una película, siendo un especie de Fitzcarraldo en la selva buscando ese barco desaparecido. Todo esto será en junio. A mí me mueven los sueños. Basta que uno los nombre, los comparte para que existan más posibilidades de cumplirlos. Sí abandono este proyecto sería un hombre sin sueños. Y no me gustaría vivir así. Un día me fui de mi casa de viaje a escribir historias como canciones, esas que te quedan tarareando en la cabeza, como ese silbido que se escucha en los días de lluvia, a la mañana, de los que todavía creen en las personas. Y en esos seres extraordinarios está el Dante Stortini, que buenos recuerdos que tengo de él, me decía Petinatto, con ese sonido que aún sale en la Tv, estaba siempre en la casa de mi abuela, creo que fue uno de los últimos que la vio irse de este mundo, la vio bailar. Me encantaba cuando se cargaban con mi querido tío Tatín, le decía, “qué hablas de fútbol vos si una vez pisaste una pelota y casi te matas”. Era muy divertido verlos a los dos. Y una vez el Dante me llevaba a mi casa, a él le quedaba de paso, nunca olvidaré esa noche, me dijo antes de bajarme, “hacé todo lo que puedas, todo, sino después se te pasa la vida y te arrepentís de todo lo que no hiciste”. Esa idea la hice carne y hueso.
Y esto que escribo va para los queridos lectores de Canals, los abrazo y les digo que uno de ustedes, anda por el mundo abriendo puertas, conquistando escenarios, tranquilo, contemplando, y siempre diciendo.
Soy de Canals.


Continuará.

Iván Ferreyra

Especial para Somos Canals. 





Fotografías de Joaquín Bonetto.