El fondo del mar.


Las lágrimas pesadamente caían sobre la tabla. La cuchilla cortaba esas pequeñas gotas sin origen certero. El acero brillaba y jugaba a ser un espejo que buscaba imágenes anónimas. Esa cuchilla estaba combatiendo algo como el aire del lugar. Las cebollas de un diámetro casi exacto viajan hacia un sartén de temperatura ideal. Como dicen las chicas de los pronósticos del tiempo con sus polleras tableadas que nadie ve. La mano que corta cebollas se refriega la cara. Hay una especie de felicidad. El cocinar genera eso. Satisfacción. Un confort efímero. El aceite se mezclaba con las cebollas chillando en forma minimalista. El ajo se desplegaba en sus dedos. Esa fina película se pegaba y en un batir de yemas caía al costado de la tabla como un ser desnudo e invertebrado. La cuchilla ahora se encargaba del pimiento. Ese cuerpo rojo y verde, que se predispone a ser mutilado. Finas rayas rojas y verdes viajaban a encontrarse con el ajo y la cebolla. Todos juntos generan una  fragancia que Kenzo no admiraría. Los dedos ahora juegan a simular que piden dinero y arrojan la pimienta. Ya la mano empieza a girar la cuchara. Los elementos están cumpliendo su función de existencia en esta humanidad. Saben más que nosotros. Es una cocina tradicional de cuatro hornallas. En una el sartén, la primera de la izquierda. Arriba, una pava sofocada de mates. La olla oxidada de pucheros tristes cobija dos litros de agua hirviendo.  Se está gestando un guiso. Ella sabía que a él le gustaban. Era un dato que ella rescato de su discurso. Algo subliminal. Su mano acaricio sus ojos llorosos de cebollas absurdas. Se dio cuenta que no debió hacerlo. Altero su sensibilidad. Le ardían más. Él pensaría que ella estaría triste. Metió el dedo en su boca. Su saliva lo devolvió lentamente. Estaba muy picante. Se asusto un poco. A los dos les gustaba así. Pero tenía sal de más. Se desespero suavemente. Miro a su alrededor buscando una solución en las paredes o donde sea. El mate. Azúcar. Le agrego dos cucharadas. Le daría un toque ácido y le sacaría lo salado. Lo logró. Ella le leía el diario a su abuela todos los días. Era ciega. Se sentaban en un balcón que tenía su abuela en su departamento. La cita era a las cinco de la tarde cuando salía del colegio. Ella la esperaba con una taza de café con tostadas con manteca. Siempre listo en la mesa. Era para mediados de su secundaria. Desplegaba Clarín en la mesa y empezaba a leerle las secciones que más le interesaban. Primero las necrólogicas. Leyendo apellidos, viendo fotos de seres erguidos y familiares que deseaban cosas imposibles. Luego las recetas de cocina. Esta era la parte más especial. Donde su abuela cuestionaba la cocina tradicional de este país. Su pasado español encontraba puntos débiles en las cocineras que deseaban innovar. No era agresiva. Sólo eran comentarios de una persona desilusionada. Y siempre lo cerraba con la misma frase. “Lo salado se salva con lo dulce”. Su abuela la abandonó por el mundo amargo. Ahora las lágrimas de la cebolla servían. Sin querer rozó la botella de vino. La enfrentaba contra algo. Dudo en abrirlo. Era temprano para destaparlo. Pensó que sería de mala suerte. Los pobres tienen mala suerte. Los ricos un error de calculo. Estaba entusiasmada. Quería calmarse. Pero quizás le de sueño. Era contraproducente. Era un Malbec mendocino recomendado por el colorado del drugstore. El silencio la hacía pensar demasiado. El cocinar ayuda a reflexionar. Busco escuchar radio. Un micro conducido por Alicia Barrios, en Radio Diez. ¿Qué más se puede pedir? Una señora de Caballito quería conocer a un señor mayor de sesenta años jubilado del ejército para entablar relación. Hablaba de su soledad a causa de viudez. Ella se veía en los años llamando. Apagó la radio sintiendo una decepción futura. La pila de discos otra vez la ponía en la instancia de decidir. No sabía qué quería escuchar. Pero no la radio. Sólo pensaba en encontrar algo con que presumir. Se inclino por Ry Cooder. Un disco llamado Chávez Ravine. Pensaba que él vería su toque progre. Su discurso. Nunca se vieron. Pero sus horas de Chat ayudaban al conocimiento de cada uno. Ahora se enfrentaba la piel. Este era el día. En un paneo general con su cabeza en blanco vio el reloj. No había mucho tiempo. Entro a la ducha jugando. Acariciaba con jabón cada parte de su cuerpo. Se saboreaba. El ruido del agua cayendo la hacia sentir libre. Se frotaba las manos en las piernas y se sentía más joven. Ya no le importaba su celulitis. ¿Debe haber gente que hurgue en mi interior? Esos pensamientos que se construyen en los lugares más absurdos. En este caso con un jabón en la mano mirando un ventiluz. La toalla la envolvió como un patovica romántico y se sintió protegida del frío. Al salir del baño el olor de la salsa le pegó en la cara. Sintió midió de que se quemará. Salió corriendo hacia la cocina. El departamento no era demasiado grande. Llegó rápido saliendo ilesa de una falsa resbalada que le agito el corazón. En los ambientes empezaron a mezclarse los olores. La salsa. Las velas de vainilla. El shampoo. Otra vez la duda. ¿El pelo seco o mojado? Señales de la histeria. ¿Vestido o pantalón? ¿Qué sería más fácil de quitarse? ¿Qué la haría menos gorda?. Ella no se sentía bien con su cuerpo. Ninguna mujer en realidad lo siente. La soledad hace su trabajo de hormiga. En las primeras charlas mando fotos de una actriz de cine clase B. El no se dio cuenta. Rhona Mitra.  Y poco a poco fue transformando su identidad. Cambió su fecha de nacimiento al nueve de agosto de mil novecientos setenta y seis. Ella nació dos años y diez meses antes. Chateaba convencida de su boca prominente que no existía. El mando una foto real. Había forma de comprobarlo. Tenía un blog. En él salían sus textos y su foto. Ella gozaba de más herramientas para conocerlo. La salsa emanaba un olor poderoso. De esos que se generan arriba de los colectivos. Que es imposible combatirlos. Que llegaron para quedarse. Y obligaba a actuar. Eso genera el ritual de la comida. La participación. Agarro la plancha de ravioles y la metió en la olla. Los ravioles si son buenos se despedazan solos. Se expanden dentro del agua caliente como jóvenes desprejuiciados. Casi punks. Eran buenos. Su incertidumbre restaba puntos.  Ella pensaba en comer poco para no hincharse. Ahora piensa en su madre que hace días la llama preocupada de verla sola. Si se enterara que se esta por ver con un hombre. Con El Hombre. Pero para qué apurar las cosas. Mejor así. Ya está lista. En quince minutos llegará. Chávez Ravine. Un hecho artístico creado sobre la base de la destrucción de un barrio de Los Ángeles. Las voces viven. El canto es un lamento. Ella se siente parte de ese dolor. Ojala el entienda. Se remuerde en ilusiones. Pasan los quince minutos. El destapar el vino es un hecho. El guiso esta listo. Las hornallas descansan. No sabe si colar los ravioles o no. Empiezan las preguntas nuevamente. El descorche es una voz de un niño jugando a imitar caballos. El olor en el aire generando esa esperanza de entretenimiento. Perdura el ritual. Esperar. Desde chica se genero sincronismos de su nombre con la situación. Nora. Knorr. Rhona. Miraba el reloj. Los quince minutos que faltaban para que llegara, ahora se habían duplicado. Estaba llegando tarde. Por esa cosa de la histeria ella no pidió sus teléfonos. Ya que él llamaría. Esa histeria en algún punto siempre hace lamentarnos. En su pared una foto de ella parada en medio de una ruta. Cerca de Canals. Su pueblo de la infancia. Sobre la ruta 8. El secreto está en las señales de las rutas piensa ella.  Los carteles siempre dicen algo. Busco respuestas en ellos. Destruir señales es delito. Su preferido. Giro permanente. Lo atribuía a los cambios de la vida. Velocidad Máxima 80. Ella pensaba que eran meses. El punto de inflexión. Comer si o sí. Y no viene. La música en su track dieciocho molesta. El primer bostezo destruye cualquier esperanza de felicidad que ronde por ahí. El maquillaje ahora cuelga como una mucosa espesa, caliente. Y pensar que el resto de la vida es de tener la cara llena de cera para depilar. En vino ya tiene el gusto de la resaca. Ese chasquear de la lengua promoviendo la náusea. El continúo mirar a la puerta. Como si fuera acreedora de un poder de traspasar la madera o cualquier material que la comunique con el exterior. Miró su celular por enésima vez para ver si tenía mensaje. Si tenía señal. Pero, ¿como sabría su número sino se lo dio? Empezó a generarse sincronismos desde el absurdo. ¿Si llega después de esta canción será el hombre de mi vida? Una pregunta sin respuesta. No teléfono. No señales. No lugar. La espera es eso. Sólo la patética paciencia. El analizar la posibilidad que impiden que venga. Va por enésima vez al baño. Ese maldito botón siempre pierde. El gran mal de los argentinos. Nadie se preocupa por solucionarlo. Debería ser parte de las plataformas políticas. Cuestionarnos todo en esos instantes en que sólo queremos lo que esperamos y no lo que reclamamos. El vino ya transpira grasa. El ser decepcionado mete la cabeza en la salsa. Ella cuando esta triste sueña con que es la niña que se suicida en los amaneceres y no puede morir. Cansada de creer en el chill out. Pensaba que después de esta noche ya no soñaría más. Ella piensa en su momento de más violencia. Qué el se iría al cielo de los tipos feos. Donde lo castigarán por plantarla. Ella piensa en los cantantes de barrio. En sus sueños. En sus comidas preferidas cocinadas por sus seres amados. Ella salió con un presidiario que le contó que en una cárcel donde estaba había un cartel que decía “Prohibido jugar al preso que sueña con salir”. Ella sueña con carteles. Ella colecciona carteles. El suyo dice Mujer hermosa esperando con la comida lista. Todas las lluvias son iguales. Mojan. Lavan la cara. Las culpas. ¿A donde se va la lluvia? Se paso la vida deshojando margaritas. Y la comida está lista. ¿Quién puede tener hambre así? La clave es mirar el cielo. Las tres marías. El timbre. Nunca ese sonido fue tan hermoso y tan poderoso. Se metió por su estribo hasta llegar hasta el centro de su cerebro moviendo cada nervio de su cuerpo. Esa sensación que sólo produce la calesita. Era él. Dudo en salir corriendo hacia la puerta. Pero espero cinco segundos que uso para mirarse en el espejo y verse el semblante. No todo era derrota en el aire. Pensó en calentar la comida. Vio la botella de vino a la mitad y la guardo rápidamente. Había otra. Corre caminando hacia la puerta pensando en abrazarlo para que él sienta su cuerpo emocionado. Da dos vueltas a la llave que hoy no se trabó. Abre despacio la puerta como los conductores de programas de entretenimientos develan premios y se encuentra con la calle vacía.  No había nadie enfrente. Ejecuta dos pasos y en la vereda mira a su costado. Y su vecino, el niño rengo que siempre llega tarde a esconderse.