Ingrid vive en un entrepiso de un mangrullo de departamentos. Es vecina del niño de la pelota que juega solo. No se conocen, sólo se oyen llorar. Ingrid tiene la facultad de desaparecer de la vista de sus progenitores de voz aguda e insoportable, lo cuál uno se siente inmerso en una película sueca, una de Roy Anderson. Cuando se corta la música de mis oídos, el auricular se cae o voy al baño, escucho sus vidas, de a segundos. Ahora golpean la puerta de Ingrid, ella atiende, un tipo de chaleco azul le pregunta por su padre, da los dos nombres. Ingrid lo busca feliz, cuando su padre sale de cabeza gacha el de chaleco le agarra el brazo y se lo lleva. Ingrid quiere seguirlos y el policía le dice que su padre tardará mucho. Ingrid entra corriendo a su casa, tropezando con su llanto, viendo la derrota de su padre a los cinco años. El niño de la pelota observa la escena desde el primer piso, patea la pelota contra una pared, patea el piso, la patea al patio de al lado para no patearla más. Y se sienta, como si quisiera que su patada fuera una idea renovadora, algo que cambiará las reglas. El padre de Ingrid no le robaba a nadie, a nadie en especial. Acá cuando uno pierde perdemos todos, yo baje la música, algunos cerraron las ventanas, y todos los que podían, hablaban en voz baja. Eran las doce del mediodía del domingo. Día de la madre.